Alfred tenía razón y tus antepasados eran unos psicópatas

Una investigación profunda sobre cómo el cine nos vende el caos como "filosofía profunda" mientras la historia nos recuerda que, a veces, un rubí es solo un proyectil para un niño birmano aburrido.
Análisis y opinión14/02/2026SamSam

Nihilismo de Cotillón

Bienvenidos a la era del Nihilismo de Cotillón. Si usted ha pasado los últimos quince años en este planeta, sabrá que no hay nada que excite más a un guionista de Hollywood que un villano que no quiere dinero, ni poder, ni un plan de pensiones decente. El estándar de oro de esta tendencia es, por supuesto, el Guasón de Christopher Nolan. Pero antes de entrar en la sociopatía del maquillaje corrido, debemos hablar de la verdadera estrella de la función: Alfred Pennyworth.

En una escena que ha sido citada por tantos adolescentes intensos que ya debería pagar impuestos, Alfred le explica a un Bruce Wayne —ataviado con su mejor traje de "estoy triste porque soy rico"— que el mal no siempre tiene un Excel de beneficios. Alfred recuerda sus días en Birmania, donde un bandido robaba piedras preciosas solo para tirarlas al barro.

"Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder", susurra Michael Caine con esa voz que suena a té inglés y sabiduría post-imperialista.

Es una frase magnífica. Es poética. Es el eslogan perfecto para vender camisetas en tiendas de cómics. Pero, ¿es una novedad? ¿Inventó el Joker la idea de romper juguetes ajenos solo por el placer de escuchar el "crac"?

Lamento informarles que no. La historia de la humanidad es, en esencia, una larga fila de sujetos que, ante la falta de Netflix y terapia cognitivo-conductual, decidieron que el caos era una excelente actividad extraescolar.

El síndrome del "Recuérdame o muérete"

Empecemos con nuestro primer "Joker" de la vida real: Eróstrato. Imaginen a un tipo en el año 356 a.C. en Éfeso. No era un genio del crimen, no tenía una risa maníaca grabada, probablemente solo tenía un ego del tamaño del Partenón y un encendedor rústico.

Eróstrato quemó el Templo de Artemisa. Repito: una de las Siete Maravillas del Mundo. ¿Por qué? ¿Tenía un trauma con las estatuas? ¿Le caían mal los sacerdotes? No. Cuando lo colgaron de los pulgares para que soltara la sopa, el tipo simplemente dijo: "Quería que mi nombre fuera famoso".

Aquí es donde la sátira se escribe sola. Las autoridades de Éfeso, en un alarde de ingenuidad que hoy llamaríamos "cancelación extrema", decretaron la damnatio memoriae: prohibieron decir su nombre bajo pena de muerte. Querían borrarlo del mapa. Pero, ¡oh, ironía!, aquí estamos, 2300 años después, escribiendo sobre él en un artículo digital. Eróstrato fue el primer troll de la historia. No quería ver el mundo arder por una ideología; quería ver el mundo arder para que tú, querido lector, supieras quién era él. El Joker estaría orgulloso, aunque probablemente le criticaría la falta de un buen monólogo sobre la sociedad.

Nerón: El Influencer del Apocalipsis

Si el Joker de Heath Ledger buscaba "darle un empujoncito" a la gente hacia el caos, el Emperador Nerón directamente empujó a toda Roma por un barranco mientras practicaba sus escalas musicales.

La historia (o la propaganda posterior, que para el caso es lo mismo de entretenida) nos pinta a Nerón tocando la lira mientras Roma se convertía en una barbacoa gigante. Imaginen la escena: la ciudad está en llamas, la gente corre por su vida, y el líder del mundo conocido está en su balcón pensando que el color naranja de las brasas combina perfectamente con su túnica nueva.

Nerón es el Joker con presupuesto ilimitado. No necesitaba robar bancos para financiar su caos; él era el dueño del banco, del ejército y de la lira. Su nihilismo no era una respuesta al sistema; él era el sistema burlándose de sí mismo. Cuando Alfred dice que "a algunos hombres no se les puede convencer", probablemente estaba pensando en alguien como Nerón, quien después del incendio decidió que el espacio libre era el lugar perfecto para construirse una estatua de treinta metros de sí mismo. Porque nada dice "lo siento por el incendio" como un ego de bronce gigante.

Elagábalo: El Bromista del Trono

Si buscamos la versión más cercana a la "comedia" macabra del Guasón, tenemos que viajar al siglo III con Elagábalo. Este emperador adolescente entendió algo que el Joker repite constantemente: la vida es un chiste pesado y nadie se está riendo lo suficiente.

Elagábalo no quería conquistar Persia; quería que sus invitados a cenar se murieran de miedo. Imaginen ser un senador romano, una persona seria con una toga impecable, invitado al palacio imperial, solo para que a mitad del postre el emperador suelte leopardos reales en el comedor. Elagábalo se partía de la risa viendo a los hombres más poderosos del mundo trepando por las columnas.

¿Y qué hay de sus cenas de cera? Servir comida de madera pintada a gente hambrienta solo para observar su confusión es puro material de "The Dark Knight". Elagábalo no buscaba una reforma agraria; buscaba subvertir cada gramo de dignidad humana. Al igual que el Joker cuando le quema la montaña de dinero a la mafia, Elagábalo despreciaba el valor de las cosas. El poder no era una herramienta, era un juguete que quería romper para ver qué había dentro.

El problema del "Agente del Caos" cinematográfico

Lo que Alfred omite en su discurso —posiblemente porque estaba ocupado evitando que Bruce Wayne se inyectara esteroides de murciélago— es que estos personajes en la vida real son mucho más patéticos que en el cine.

En la película, el Joker es un estratega brillante que siempre está diez pasos por delante. En la realidad, los "Jokers" suelen ser tipos con problemas de atención y una alarmante falta de pasatiempos saludables. El bandido de Birmania que tiraba los rubíes no era un filósofo existencialista; era, probablemente, un sujeto que entendió que en una zona de guerra, un rubí es menos útil que un buen par de botas o el respeto basado en el miedo puro.

La fascinación de Alfred (y la nuestra) con este tipo de criminal proviene de nuestra propia incapacidad para entender la falta de propósito. Nos aterra pensar que alguien pueda hacernos daño "porque sí". Preferimos creer que hay un plan maestro, aunque sea un plan para destruirnos. La idea de que el mal puede ser simplemente ruido blanco es mucho más aterradora que un villano con un plan de dominación mundial.

El rubí en el barro, para terminar

Al final del día, la historia de Alfred sobre el bandido birmano cumple una función narrativa: justificar que Batman golpee a la gente más fuerte. Pero si miramos a Eróstrato, a Nerón o a Elagábalo, vemos la cruda realidad detrás de la máscara: el caos rara vez es "intelectual".

La mayoría de las veces, aquellos que quieren ver el mundo arder lo hacen porque no saben qué más hacer con sus propias cenizas. El Joker de Nolan es un ícono porque nos da una explicación elegante para la maldad irracional. La historia real, sin embargo, nos dice que el mal suele ser mucho más banal: un emperador aburrido, un pirómano con ansias de fama o un ladrón que simplemente descubrió que ver a la gente buscar piedras en el lodo es más divertido que venderlas.

Así que, la próxima vez que escuches a Alfred hablar de rubíes del tamaño de mandarinas, recuerda: el mundo no arde por una razón profunda. Arde porque alguien encontró un fósforo y pensó que el espectáculo valía la pena el humo.

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